Cornago

Y no es una aparición sino presencia cierta la de un caballero vestido a la usanza del siglo XVIII: zapato de hebilla, medias blancas y pantalón de terciopelo negro hasta la rodilla, al igual que la casaca bajo la que se asoma una camisa blanquísima. Sobre su cabeza, una peluca de larga trenza. El caballero porta el pendón de la cofradía; un pendón negro, alto y rematado con una cruz de metal dorado. Por eso, popularmente, se le conoce como el pendonero.
De pronto, como surgidos de la bruma de los siglos, aparecen unos encapuchados ataviados con groseras túnicas negras y capuz romo; son los sayones. Uno tras otro, hasta doce, desfilan con cierta marcialidad llevando cada uno de ellos sobre su hombro izquierdo una bandera con una extraña y rica simbología. Ante nuestros ojos desfilan las figuras más variopintas: un león, un cocodrilo, dos elefantes, el sol y la luna, martillos y tenazas, un esqueleto…

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